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LLEGAMOS TARDE, SIEMPRE ESTAMOS LLEGANDO TARDE

La Justicia imputó por homicidio agravado y violencia doméstica al padre del adolescente de 15 años hallado sin vida en una cuneta en Flor de Maroñas.

Pero detrás de esta noticia —muchas veces presentada sin nombre ni rostro— hay una vida. La vida de un adolescente que desde niño creció atravesado por la violencia. Un adolescente que fue golpeado, marcado por una realidad dura que muchos en su entorno alcanzaban a percibir.

Las noticias informan el hecho policial. Sin embargo, en el barrio la historia se vive de otra manera: con dolor, con preguntas y con la sensación de que algo falló.

Este es el sentir de una maestra de la Escuela 382, donde concurría el adolescente asesinado:

«Silencio. Se ha muerto un niño. Un alumno, un vecino. Un adolescente.
Lo mató su padre. Lo mató también el Estado, que lo empujó a convivir otra vez con el agresor violento.

El Estado que no supo amparar a esa madre para que pudiera asegurar un techo digno, un piso firme y la comida de cada día.

Con él se nos muere un poco el corazón de quienes tuvimos la suerte de conocerlo. Su sonrisa, con esa mirada triste.

En la escuela adivinábamos su realidad e intentábamos abrazarlo todos los días. Llenamos informes y seguimos protocolos.
Hicimos lo que nuestro rol nos indica y lo que nuestra humanidad nos demanda.

Sentimos que estuvimos con él y con su familia en cada denuncia, pero no fue suficiente.

Fallamos como sociedad.

Hoy nos falta un niño.»

Lo mató su padre.
Y también falló un sistema que debía protegerlo.

Un Estado que, como casi siempre para los humildes y los desprotegidos, no llegó a tiempo.

Queda el dolor. Queda el silencio en el barrio.
Y vuelve una pregunta que golpea fuerte: ¿por qué siempre llegamos tarde?